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Introducción al folleto sobre la ecología III

La familia franciscano-clariana halla en la espiritualidad de Francisco y Clara una gran motivación para comprometerse a fondo en todo esfuerzo que afronte la actual crisis medio ambiental. Este folleto nos ayuda a comprender la situación en la que estamos inmersos. Nuestra espiritualidad nos recuerda el imperativo moral de afrontar la crisis que amenaza a nuestro planeta y a todos sus habitantes.

La tradición franciscano-clariana subraya la especial preocupación y responsabilidad respecto a nuestra madre Tierra y a toda la Creación, despertando nuestro deseo de seguir las huellas de Francisco y Clara. No por nada Juan Pablo II, en 1979, nombró a Francisco patrono del medio ambiente. Francisco no enfrentó los mismos problemas que nosotros enfrentamos, como tampoco el medio ambiente de su tiempo experimentó las mismas amenazas globales de hoy. Pero su visión del mundo y su relación con la naturaleza nos muestra el camino a seguir.

San Francisco de Asís

A diferencia de la espiritualidad de su tiempo, Francisco no separó el mundo espiritual del material; ciertamente, no menospreció el mundo material como si estuviese falto de Dios. Vio el mundo, la tierra y toda la naturaleza como creación de Dios y espacio de la encarnación – la presencia de Dios. La referencia a todo lo que nos rodea como creado, añade una dimensión sagrada a nuestra reflexión sobre el medio ambiente. Francisco se relacionó con las cosas creadas, vivas o no, respetuosamente y buscó estar sujeto a ellas. Esta actitud era diferente de aquella espiritualidad que ve a los seres humanos como dominadores de la tierra. Francisco no vio a los seres humanos como superiores o fuera del resto de la naturaleza. Los vio como co-creaturas de Dios, como hermanos y hermanas de las criaturas. Expresó su espiritualidad de forma única y poética en el Cántico de la Criaturas (ver http://www.terra.es/personal/javierou/con-cantico.htm ), al final de su vida. El Cántico no alaba a Dios por la creación. Francisco no se pone al lado de la naturaleza para dar gracias a Dios por ella. Más bien, se puso como uno más de la comunidad de la criaturas y, como parte de ella, alabó a Dios como la fuente de toda vida y creación. La alabanza de las criaturas a Dios consiste en ser lo que son, llegar a ser aquello para lo cual fueron creadas.

Eso es lo que diferencia la espiritualidad de Francisco de una preocupación por el medio ambiente que está sólo interesada en el futuro de la humanidad. Para Francisco, la protección del medio ambiente proviene de un profundo respeto y de la conciencia de solidaridad interior con todo lo que Dios ha creado. Era consciente de la unidad del todo el cosmos. San Pablo dice que la comunidad de los cristianos forma el cuerpo de Cristo, que las alegrías y sufrimientos de cada miembro individual contribuye al bienestar y/o al sufrimiento del cuerpo entero (cf. 1 Cor 12,12-31; Col 1,18-20; Ef 1,22-23; 3,19; 4,13). Para Francisco la misma verdad se aplica al cosmos entero. Hoy podemos ver la confirmación de la verdad de su visión por medio de los informes científicos. La destrucción de una parte del mundo está llevando al sufrimiento al mundo entero.

El respeto y solidaridad de Francisco hacia las creaturas se manifiestan en actitudes interiores y prácticas de obediencia. Por el voto de obediencia, un religioso o religiosa se entrega a sí mismo/a completamente a Dios a través de la mediación de otra persona. Francisco amplía este concepto e incluye el de la sujeción a todo ser humano y a todos los animales, sean salvajes o domésticos. Ofrece una razón teológica para ello: obedeciendo a las criaturas, uno obedece al Creador de quien aquellas proceden y quien permite que cada una sea, actúe y exprese sus propias necesidades.

Francisco también valora y ama a las criaturas porque responden positivamente a la voluntad divina escrita en la naturaleza misma, toda vez que cumplen fielmente las tareas a ellas confiadas. De esta forma, la relación que varones y mujeres tienen con cada miembro de la universal “comunidad de vida” los ayuda a ser más “humanos”, en el sentido de que las criaturas exigen de ellos el cumplimiento de la específica vocación humana que han recibido, así como las criaturas cumplen la suya.

Es por esta razón que Francisco intenta ver la vida desde la perspectiva de las criaturas; comprender sus necesidades vitales. Esta actitud es de profunda empatía, lo que lo conduce a buscar formas adecuadas para defender o reconstruir el medio ambiente según las necesidades que cada ser viviente requiere para su desarrollo. Vemos aquí no sólo una preocupación por las criaturas individuales, sino una invitación al cuidado por el habitat, a la protección de la integridad del ecosistema, procurando mantener así las interrelaciones que aseguren la supervivencia.

La rivalidad y el intento de abuso y dominio no tienen sentido. Los seres humanos y las otras criaturas están hechos para cuidarse y ayudarse mutuamente, y realizar así el bien para el cual Dios las ha creado. Sin las criaturas no podríamos vivir, dice Francisco.

Allí donde no se siente amenaza, no se tiene temor. Sin embargo, vemos que las criaturas obedecen a Francisco porque él se les presenta desarmado, sin buscar aprovecharse de las relaciones que establece con ellas. Por el contrario, busca favorecer su vida y está dispuesto a pagar con su propia carne su promoción y liberación. Esto es lo que sucede, de diferentes modos, con el lobo de Gubbio y los corderos de las Marcas. Francisco muestra un tipo de relaciones que promueven la reconciliación y que llevan a todos a una mutua obediencia. Estas relaciones permiten a todos ser lo que son y alabar a Dios. La amistad, e incluso ternura, siempre triunfa, como en el caso del “hermano fuego”: se lo usa para cauterizar los ojos de Francisco, y no le provoca dolor.

Santa Clara de Asís

Gracias a su sensibilidad y a su relación de fe con “el altísimo y buen Señor” y con “todas las criaturas”, también Clara ofrece perspectiva y estímulo. Camina por la misma senda que Francisco. ¿Quién es Clara sino la plantita del bendito padre Francisco? Esta es la forma en que ella misma se define, y ve a Francisco como padre que la planta y cultiva –gracias al cual ella fue capaz de sentir su medio ambiente lleno de vigor-; y como raíz, a través de la cual ella se nutre. Para Clara no fue problema el compararse a un vegetal. De la misma forma que Francisco se reconoció en la gallina que soñó y a sus frailes en los pollitos que lo rodeaban.

Cuando Clara contempla la creación, no lo hace como quien mira desde arriba aquello que está debajo. Más bien, es la mirada de una “hermana”, mirada de estima, simpatía y solidaridad. Supone una forma de interacción que respeta y promueve al otro. Clara invita a sus hermanas a contemplar aquello que vive alrededor suyo. Ellas deben ver que están en relación vital con los árboles, los seres humanos y todas las criaturas. Esta relación es de un mutuo dar y recibir, y provee todo aquello que es necesario para la existencia. Todos participan juntos del don de la vida, permitiendo que cada criatura sea auténtica, sea vista y aceptada en su singularidad. Por tanto, no se debería ni siquiera pensar en tener el control, sino en una gloriosa celebración de la vida. Esta actitud garantiza la integridad de cada ser viviente en su propio ritmo estacional, que es lo que caracteriza a las flores, hojas y frutos a través del paso de los meses, de los años. No debería haber presión o violencia contra la naturaleza en su ciclo de vida. Nos hace falta poner atención a estos ciclos, verlos y escucharlos, aprendiendo a sincronizar nuestra respiración y el latido de nuestro corazón para mantener la armonía de la comunidad universal.

Clara habla de la alabanza como el medio adecuado para establecer relaciones justas con las otras criaturas. Es una alabanza explícita que se une a la alabanza que existe en cada ser viviente por el simple hecho de existir, de haber recibido el soplo creacional. La belleza y la bondad están en cada una. Y la alabanza, “el principio ecológico de la divinidad” (W. Wink), lleva a cada una a la luz. Conciente de su propio lugar en la creación, y agradecida de ello, Clara se alegra de que el árbol sea árbol, de que el ser humano sea ser humano; ¡de que cada criatura sea aquello que es!

Clara vivió en el monasterio de San Damián durante 42 años. Hasta el final de sus días luchó por el “Privilegio de la pobreza”, por no ser obligada a aceptar posesiones de las cuales la comunidad recibiría ingresos para su sustento. Hoy clasificaríamos su relación con la tierra como “sostenible”. En su Testamento, recomienda que las hermanas no adquieran o acepten tierra “si no es una parcela, la más pequeña, como huerta necesaria para cultivar vegetales”. La tierra es la hermana y la madre que nos sostiene y nos alimenta; de manera que no debe ser explotada para fines determinados por el egocentrismo humano. Por ello, Clara afirma que si la tierra que protege la soledad del monasterio es más grande que el necesario para una huerta, la parte no usada para tal fin no debería ser cultivada. No está interesada en maximizar el beneficio económico, sino en garantizar la vida común de todas las criaturas, cada una llamada a alabar al Creador según su propia especie.

Como el Ministro general de la familia franciscana recuerda en su carta, con ocasión de El Espíritu de Asís: “La relación entre la humanidad y la naturaleza, de acuerdo al designio de Dios,  redescubierto y proclamado por Francisco (y, nos gustaría añadir, por Clara), es una relación de uso y no de propiedad; de respeto y no de explotación”.

En 1989, Juan Pablo II invitó a la juventud reunida en Alemania a decir sí a la vida, a todos los seres vivientes y a la naturaleza, haciendo notar que tal actitud nos uniría con las personas de buena voluntad en el cuidado y protección del medio ambiente y de los valores naturales. Tenemos un destino común y hallamos en Dios el término y nuestro último fin como “un nuevo cielo y una nueva tierra”. Cuando vivimos de una forma que respeta a todas las criaturas y que es conciente de la unidad de toda la creación, no podemos permanecer indiferentes a la huella ecológica que vamos dejando detrás.

El relato bíblico de la alimentación milagrosa de 5.000 personas puede darnos ánimo para enfrentar nuestra presente crisis. Los discípulos vieron la multitud de gente como nosotros vemos la situación medio ambiental de hoy. ¿Cómo se puede satisfacer a tantos con tan poco? ¿Qué se puede hacer? Fue por ello que los discípulos quisieron despedir a la multitud. Pero Jesús no les permitió liberarse de su responsabilidad. Preguntó qué tenían disponible, y subrayó lo que eran capaces de hacer. Sólo entonces fue posible el milagro de la alimentación. El mismo milagro puede ocurrir en la respuesta a este desafío ecológico. Debemos comprender la situación y empezar con aquello que es posible. Debemos animar a otros a hacer lo mismo. Esto nos permitirá acelerar el paso hacia  soluciones sociales de la crisis. La persistencia y la fidelidad en la tarea nos llevarán al éxito.

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